el editor 26 agosto, 2018


Persiguiendo musas esquivas, o queriendo descifrar imágenes detrás de los espejos, o simplemente volver a respirar el aire de mi valle y oír el rumor de mi río Sil, releo a Antonio Paz Miguez, que en su libro “Galicia, tierra de peregrinar” nos recuerda: “Hay un río en Galicia que tiene su leyenda, y como toda leyenda, una oculta verdad que no siempre se alcanza a descubrir como se debe. En latín, como ahora, su nombre es el de Limia: del olvido, lo mismo que el Leteo, que era uno de los cuatro ríos infernales de la Roma pagana. Tito Livio refiere que los soldados de Roma, los invencibles legionarios, no se atrevían a cruzar el río Limia, y que fue necesario que el general que los conducía, Junio Bruto, en gesto casi heroico, lo atravesara llevando en alto el estandarte para que obligadamente lo siguieran sus amedrentadas tropas, y por aquella acción que a todos debió parecerles extraordinariamente audaz y temeraria, le valió desde entonces que le confirieran el glorioso mote de “Gallaico”, al igual que al vencedor de Aníbal y conquistador de Cartago se lo conoció como el “Africano”. Un sagrado y pánico temor debieron sentir seguramente las cohortes romanas en Galicia cuando alcanzaron a ver y contemplar con asombrados ojos el ocaso del sol detrás del horizonte de aquel inmenso y tenebroso océano, que consideraban como fin y remate del mar y de la tierra. Así también debieron sentirse dominados por las paralizantes y terroríficas influencias de las deidades pánicas, en circunstancias de verse obligados a cruzar aquel río del que tenían noticias de que se trataba de un lugar y de un río consagrados a una poderosa y vengadora deidad, cuyo castigo consistía en hacer perder a sus profanadores la facultad de recordar todo vestigio del pasado, cuando por otro lado se le agregaba la amenaza de que iban a correr el riesgo de tener que perder la posibilidad y la esperanza de retornar a su tierra de origen…” Antonio Paz, emigrante en Buenos Aires, escritor injustamente postergado, habrá pensado cuando recordaba la leyenda del Limia que el peor castigo para un hombre es el destierro definitivo, no poder regresar nunca a su tierra. Y, por otra parte, que muchos habrán cruzado el río para quedar cautivados por nuestros misteriosos y bellos paisajes, el país lejano que limitaba con el extremo limite de la tierra habitada por los dioses y los hombres, y convivir con los ya sedentarios celtas. De la historia también destacamos que la tierra gallega siempre tuvo un impenetrable halo de misterio y magia que va mas allá de sus neboas, sus orvallos, a chuvia miudiña, sus trasgos, sus santas compañas, mouros y mouras, lavanderas, y otras fuerzas sobrenaturales que la defienden y protegen (pero a su vez la aíslan) desde el inicio remoto de los tiempos. Develar el misterio da nos aterra no es cosa fácil, aun cuando se haya andado despacio sus caminos, y se crucen sin temor sus legendarios e innumerables ríos, aun cuando se haya nacido en el país; la indiferencia de los que miran y no ven es mas común de lo que se cree. El emigrante ve, sin embargo, a la distancia, vence al olvido, y la miopía de los que no ven mas allá del horizonte por no haberse lanzado nunca a la mar, y hacer camino al andar sin sentir desazón o fatiga, malestar, sinsabor o inquietante impaciencia. El emigrante goza del placentero dolor de esa espiritual dolencia (dolor de lejanía) que los gallegos denominamos morriña, y es fuente de inspiración de sentimientos entrañables hacia la patria, y no pocos versos. Para muestra, este poema de don Antonio, a quien agradecemos la ayuda desde su libro para escribir la columna de hoy: “El mar y los pinares y la luna/ que nos vieron andar, enamorado/ por senderos y arenas, sin ninguna/ esperanza de hallar lo que he buscado.//
Me vienen a traer sus misteriosas, / alegres, susurrantes melodías, / que me hacen soñar en las saudosas, / las esplendentes formas de las rías, / Y pienso que he de hallar en sus arenas/ el gozo de vivir y la alegría/ de las horas felices y serenas.// Que he de escuchar de nuevo los cantares/ que celebran al sol y al nuevo día/ con las voces del mar y los pinares.” Siempre el mar en nuestra retina y nuestro espíritu, aun el mar interior, amarillo como el oro y el sol de nuestros grelos acunados por la brisa y bendecidos por la lluvia constante que hace de nuestra tierra un vergel inimitable, único. Con deleite, y esperando mantener siempre viva la memoria, cobijamos en la cocina nuestros anhelos.
Vamos no una receta sencilla, con sabor a hogar.

Albóndigas de grelos al ajo

Ingredientes: 500 grs. de grelos tiernos, 250 grs. de papas, 2 dientes de ajo, aceite de oliva, 1 cucharada de crema de leche, harina.

Preparación: Cocer las papas enteras y los grelos en agua con sal. Escurrir los grelos y picarlos o procesarlos. Hacer un puré consistente con las papas. En un bol mezclar bien, añadiendo un chorrito de crema. Dejar enfriar. Formar bolitas con ayuda de una cuchara, pasarlas por harina y dorarlas en el aceite. Escurrir sobre papel absorbente y ponerlas en la fuente de servicio. Dorar los ajos cortados en láminas delgaditas evitando que se quemen y echar sobre las albóndigas al momento de servir.

Nota: este texto fue publicada en mi columna de “Galicia en el mundo”. Un centenar se reunieron en el libro “Crónicas y recetas”, Editorial Alborada (Federación de Asociaciones Gallegas de la República Argentina)

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