el editor 28 junio, 2018

Al margen de la buena o mala educación formal, la dedicación de maestros o el ejemplo familiar, uno llega, o supone poseer cierta sabiduría adquirida a fuerza de golpes y heridas mal curadas. Tal vez por eso, en la sexta década, cuando algún problema amenaza mi humor, me encierro en la cocina (vuelvo de alguna manera a la cocina de la infancia) para gozar de las pequeñas alegrías que tenemos al alcance de las manos, y no vemos. Toda la poesía esta allí, al alcance de la mirada, y no la vemos. Tampoco percibimos que vamos perdiendo poco a pocos ciertos rasgos que hacen a la esencia de la humanidad. Cocinar y hablar son rasgos distintivos del ser humano. Casi nadie cocina en casa. Cada vez se utilizan menos términos para comunicarse. Nadie escribe sobre un papel. Hoy muchos quedan satisfechos, con el deber cumplido, mandando un sms reducido a tres letras: TQM. Y se supone que el receptor atesora en su corazón ese Te Quiero Mucho en la pantalla del móvil o la Tableta. No está mal, algo es algo, diremos con resignación. En definitiva, las faltas de ortografía, la dificultad para armar oraciones, y el desconocimiento de sinónimos y antónimos de la mayoría de los jóvenes haría muy difícil interpretar el texto. Sin embargo, recuerdo el regocijo y alboroto familiar cuando llegaba el ansiado sobre con carta de América. Dedos temblorosos abrían el sobre tratando de no dañar la estampilla, desdoblaban el papel de avión. Alguien Leia, muchas veces en voz alta para que el grupo reunido oyera las buenas o malas noticias. El lector recorría con la vista las letras manuscritas, a veces con cuidada caligrafía, otras con signos de temor a equivocarse, siempre con alguna mancha de tinta o lágrimas. En todo caso, las cartas que pude leer tenían una profundidad, una emoción, pensamientos, sentimientos que desnudaban el alma del escribiente. Sigo escribiendo con tinta negra la mayoría de mis poesías, recetas, notas periodísticas, y luego las transcribo en la computadora. No creo que sea perder el tiempo. También acostumbro hacer cuentas sin valerme de la calculadora electrónica. Que todos se esmeran en andar en bicicleta, o correr, para mantener ágil el cuerpo. Pero olvidan ejercitar el cerebro, y el paladar, cocinando cosas ricas en el ámbito familiar. Hace un tiempo escribí:

Trato de abstraerme, disfrutar con el chisporroteo emocionado del aceite de oliva, el canto del ajo al dorarse en alegre danza con la cebolla y el pimiento morrón. Envuelven los sentidos aromas de tomillo y romero, perejil y pimienta recién molida. Se  llenan los ojos de imágenes liquidas, transparentes recuerdos, líneas difusas de alegrías y tristezas lejanas. Que de eso se trata la vida: día y noche, blanco y negro. Algún gris y arco iris. Sol enamorado, encendida hoguera de pasión, y hoja seca hilando círculos sin rumbo en el mes de abril, lloviendo canela en los pliegues traviesos de la persona amada jugando a no querer. Uno se distrae, finalmente, revolviendo mansamente la salsa con la cuchara de madera. Y espera pacientemente que el fuego la reduzca a su punto justo. Luego, con un gesto ancestral, rito religioso de confirmación, el dedo elegido la tocara apenas (caricia intencionada) y llevará el sabor logrado, todo el perfume, a la punta de la lengua que se abre en mil papilas embriagadas de placer. Y entonces, solo entonces, sonrío satisfecho. ¡Que maravilla, señor, esta receta heredada renacida en mi cocina!

Cocinero y gallego, no hay cosa que mas me guste que ofrecer a mis seres queridos, a los amigos, los guisos que se forjan rotundos en los fogones, en el silencio apenas turbado por el fuego ejecutor, mentor de mágicas ebulliciones. Cada plato es un  universo revelado en el que se amalgaman criaturas del mar y la tierra, aves soñadoras, tomates y patatas milenarias; navegantes, una pizca de sal, rocío de la huerta y el guiño complice del cucharón. Sigamos, pues, cocinando nuestra historia. Cada uno en su propio fuego. Por mi parte, me encantaría transmitir que la cocina debe nacer de la emoción, la decisión de recrear sabores y aromas entrañables, sin olvidar la necesidad de una dieta saludable, una filosofía de vida que privilegie el placer a la hora de comer, la hospitalidad al compartir la mesa. Mi propuesta se basa en tres “S”. Cocina sencilla, sana y sabrosa. Sencilla, porque busca elaboraciones fáciles y presentaciones simples, combinando los colores y texturas naturales de las materias primas, sin artificios ni enmascaramientos que no aporten al realce de sus características esenciales. Sana, eliminando casi al máximo la utilización de materias grasas, planteando el uso de buenos fondos de cocción para, literalmente, exprimirle todo el sabor y perfume a los ingredientes utilizados. Usar poca fritura, y favorecer la cocción o el grillado. Darle prioridad a los pescados y mariscos, verduras, y carnes magras. Sabrosa, porque se comienza cada elaboración pensando en la mejor manera de potenciar los sabores naturales de cada alimento, sin adicionar cremas, ni abundancia de especias, solo en perfumes emanados de los mismos caldos de cocción y las materias primas que participen del plato. Lo importante, es no dejar de cocinar. Asumirnos como cocineros en tanto humanos. No perder el contacto con la naturaleza, asumir la acción de comer lo que nosotros mismos cocinamos como un rito, un acto religioso que propicia la socialización, el reconocimiento entre iguales que al compartir levantan la copa solo para asegurar la paz y la armonía entre todos los que rodean la mesa. ¡Salud mis amigos!

 

 

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