el editor 30 septiembre, 2018

Podríamos conjeturar que la primera bebida de los humanos fue el agua, y la primera copa dos manos unidas formando un cuenco. La leche, ya sedentarios los hombres, se añadió a la dieta en el Paleolítico. Las frutas también saciaron la sed de nuestros antepasados. Pero ya en tiempos remotos, en todo el planeta, la fermentación de ciertos cereales logró bebidas embriagantes. Infusiones y caldos con hongos alucinógenos son aprovechadas por los sacerdotes para entrar en trance y comunicarse con los espíritus de los muertos y los mismos dioses. Las bebidas alcohólicas se vincularon pronto con el plano divino, y se incorporaron a los rituales religiosos. Atribuir a los dioses borracheras divinas fue algo natural, por aquella tendencia de los hombres a imaginar a sus dioses con cualidades y debilidades propias. En la Biblia se menciona que Noé bebió vino para celebrar el fin del diluvio, y se embriagó; en el mismo libro sagrado leemos que las hijas de Lot emborrachan a su padre para tener relaciones sexuales con él, quedar embarazadas, y asegurar descendencia en un mundo que suponen deshabitado. Los egipcios consideraban que Osiris les dio a conocer el vino. El vino y la cerveza ya se consumían hace más de 7000 años. Los griegos creían que Dionisio era el inventor del vino, y le ofrecían frenéticas fiestas (bacanales), agradeciendo un producto que proporcionaba alegría y otras delicias a los mortales. Sin embargo, su mitología plantea una moraleja, al afirmar que el dios fue asesinado por los embriagados Titanes, que fueron a su vez muertos por el rayo de Zeus, padre de Dionisio. De las cenizas de estos Titanes habrían nacido los hombres, con instinto animal, tendencia a la violencia y la adoración de los dioses. El vino fue elevado luego a los altares por el cristianismo, simbolizando la sangre de Cristo.
Volviendo al Olimpo, recordamos que Zeus, viendo al héroe troyano Ganimedes, se enamoró de él, lo raptó convertido en águila y, ya en el aposento de los dioses, lo convirtió en su amante, y copero reemplazando a su hija Hebe, lo que ocasionó el rencor de Hera, madre de ésta. La tarea de Hebe, hasta la llegada de Ganimedes, era la de llenar las copas de los dioses con néctar. En cierta forma, tanto Ganimedes como Hebe, serían los primeros sommeliers de la historia.
Según el poeta Ovidio, el néctar era ni más ni menos que el vino de los dioses, descripto como de color rojo. Y, como el vino de los mortales, se mezclaba con agua. En la mitología, néctar y ambrosia, no siempre estaban diferenciados. En algunos casos, néctar era la bebida y ambrosia la comida, pero Safo, por ejemplo, dice que la ambrosia era la bebida. Escritores posteriores entendían que el néctar era un bálsamo aromático que impedía la descomposición de los cuerpos. Homero describe como Tetis evitaba que el cuerpo de Patroclo se corrompiera ungiéndolo con ambrosia y néctar. Röscher da por terminada la polémica al afirmar que en los dos casos se trata de la misma sustancia: miel. En las pinturas rupestres halladas en la Cueva de la Araña (Valencia), aparecen vasijas donde se fermentaba la miel mezclada con agua (aguamiel), considerada la primera bebida alcohólica. En Egipto se consumía mucha cerveza, a la que añadían jugo de dátiles para hacerla más fuerte. El código de Hammurabi (Babilonia), decreta la muerte por inmersión de las taberneras que rebajasen la calidad de la cerveza (shikura), y castiga a quienes se embriagan.
En las Galias, los celtas inventan los toneles de roble, logrando suplantar las pesadas ánforas de origen griego. En el siglo VI o VII de nuestra era, los árabes descubren el proceso de destilación en Alambique, que logra bebidas de mayor graduación. Varios siglos después en Italia se destila aguardiente (Aqua de vita) con fines curativos. También el vino, durante la Edad Media, estuvo controlado por la Iglesia considerándola como medicina, e indispensable para su liturgia. La destilación de bebidas hechas con granos fue el origen del whisky. En Irlanda, las leyendas hablan de los cluricauns (lepracauns), diciendo que al finalizar sus tareas como zapateros, salen a festejar emborrachándose con whisky que roban en las tabernas y plantas destiladoras, y luego corren carreras montados en ovejas, chivos y hasta perros o ponis. No pocas veces encantan a los humanos para que los sigan en sus correrías y les sirvan como esclavos hasta que se rompa el hechizo.
Entre los Incas, era obligatorio ofrecer chicha a la Pachamama, rociando la tierra para solicitar buenas cosechas. Los bebedores, en otras latitudes, también ofrecían el primer vaso de la misma manera para evitar la ira de la deidad.
En la Edad Media, la mayor parte de los libros de cocina indican utilizar el vino como uno de sus ingredientes principales. En la misma época, se pensaba que las bebidas alcohólicas protegían al bebedor de plagas como la Peste negra. Los clérigos hacían lo imposible clamando que, por lo contrario, esas epidemias eran un castigo divino contra los vicios que propicia la embriaguez. A principios del siglo XVIII, la elaboración casera de ginebra en Londres causó miles de muertes y alarma social. Pero las leyes restrictivas no impidieron que en la capital del Imperio Británico, a mediados de ese siglo, sus habitantes consumieran casi 70 millones de litros de destilados.
Resumiendo, beber con moderación, desde Platón a la actualidad, sigue siendo el mejor consejo para disfrutar sin caer en excesos.

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