el editor 4 diciembre, 2018

En “El viejo y el mar”, su última novela, y quizás la más famosa, Ernest Hemingway traza una parábola de los inmigrantes. Aunque el autor no lo menciona específicamente, por algunos detalles se infiere que el viejo pescador protagonista de la obra seria un inmigrante canario radicado en Cuba. Como extranjero, su hazaña es una forma de integrarse a la sociedad de acogida, ser aceptado por los otros pescadores. A su vez, el hecho de lograr con mucho esfuerzo la captura de un pez inmenso, mas grande que su propia barca, que en su regreso a la costa es comido palmo a palmo por los encarnizados tiburones, también resulta una alegoría de la dura vida de los emigrantes en tierras extrañas, muchas veces atacados por la simple razón de ser diferentes. Pero sin duda, lo que da grandeza al acto heroico del pescador es la resistencia, la bravura de la presa. Disminuir la valentía del oponente caído disminuye la importancia de la victoria. Julio Cesar, en su Historia de las Galias, no deja de elogiar la valentía de los galos, aun de sus mujeres. Sus victorias sobre estos agresivos celtas fueron el camino que lo llevó directamente al poder absoluto de Roma. Cuando Bernal Díaz del Castillo, en su “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, relata su participación en la conquista de México, se cuida muy bien de remarcar la grandeza del Imperio Azteca, y el poderío y buenos modales de Moctezuma. Este criterio era habitual en los cronistas de Indias, ansiosos por presentarse  como héroes ante sus paisanos residentes en el Viejo Mundo, exagerando, si fuese necesario, sus logros al subyugar imperios inmensos y poderosos. En el caso de Bernal Díaz se sumaba un condimento adicional: cierta envidia por la fama de Hernán Cortes, y el deseo de presentar la epopeya de la conquista de México como algo colectivo, con activa y decisiva participación de soldados y capitanes, entre los que el cronista era una figura menor, sin blasones que ostentar, salvo el hecho de que el mismísimo Moctezuma lo trataba como un caballero, distinción que le negaran por su condición humilde los otros españoles. Así las cosas, describió en su obra la magnificencia del soberano americano y de su corte. Nos enteramos  leyendo a Bernal Díaz que el gran Moctezuma comía tras una puerta de madera recubierta de oro, en una sala iluminada por antorchas perfumadas de una madera que ardía sin humo, sentado en una mesa cubierta con manteles y servilletas tan blancas que harían morir de envidia a algún soberano europeo.  Que trescientos platos, puestos en braseros, contenían “treinta maneras diferentes de guisados”, incluyendo gallinas, pavos, pequeños pájaros cantores, palomas, “patos mansos e bravos”, conejos y liebres, aves de caza a las que el cronista llama faisanes, perdices y gorriones ya que era común darle a alimentos y animales cuyo nombre se desconocía el nombre de un similar europeo. Para poner el toque exótico, afirma “oí decir que también le solían guisar carnes de muchachos de poca edad”, pero aclara que el no lo presenció. Siguiendo con su relación, Bernal Díaz, cuenta que después que Moctezuma se hubiera lavado las manos, sirvieron tortillas de maíz y chocolate amargo en una copa de oro. También “traíanle frutas de todas cuantas había en la tierra”, pero, como prueba de abstinencia y rigor del soberano, apenas las probó. Las grandes serpientes que se servían en los banquetes de otros señores de su corte no parecen haber figurado en los menús de Moctezuma. Sin duda, las comidas en su palacio no eran un mero despliegue de extravagancia, riqueza o poder, sino que formaban parte de un sistema señorial de entrega y redistribución de recursos. Bernal Díaz destacó que cuando acabó de comer, entre su séquito se distribuyeron mil platos de la misma comida (lo que recuerda a los banquetes públicos de Reyes y Papas). Al igual que en la Roma Imperial, los ingredientes que se comían en la Corte azteca procedían de la ingente cantidad de tributos enviados a las principales ciudades del imperio depredador de los aztecas, día tras día, a espaldas de porteadores. Otro cronista contemporáneo, el franciscano Bernardino de Sahagun, informa una analogía entre las costumbres de los aztecas con otras civilizaciones de Europa y Asia al escribir: “ cuando alguno de los mercaderes y tratantes ya tenía suficiente caudal, y presumía de ser rico, hacia una fiesta o banquete a todos los mercaderes principales y señores, porque tenía por cosa de menor valer, morirse sin hacer algún esplendido gesto, para dar lustre a su persona, gracias a los dioses que se lo habían dado, y contentos a sus parientes y amigos”. Ofrendas florales, canciones, incienso y bailes acompañaban a estas celebraciones a las que los invitados llegaban a medianoche, y donde el menú solía comenzar con hongos alucinógenos, servidos con miel que causaban visiones “y provocaban lujurias”.

Esto nos resulta más que conocido, ya que sigue siendo costumbre de quienes medraron económicamente ofrecer grandes banquetes a sus iguales, repartir plaquetas, medallas y premios a la medida de cada ego. Lo que llama la atención es que algunos plantean una suerte de poca calidad intelectual en la colectividad asentada en el exterior, sin detenerse a pensar que la afirmación los pinta a ellos mismos de cuerpo entero. ¡A bajar del caballo, desmemoriados! Era costumbre en Galicia tirar unos bistés  delgaditos en la sartén, vuelta y vuelta. Imaginé alguna vez que los bifes a la criolla fueron creación de algún inmigrante en la pampa, ya hastiado de tanta carne asada, y deseoso de alguna salsa, tirando unos escalopes con cebolla, pimientos, tomates, y un chorrito de vino en el disco de arado para reconocer sabores de su infancia. Luego se acostumbraría a rebozar esos mismos filetes para convertirlos en milanesas, tal como ya hacían muchos en estas tierras. Pero otros aseguran que este guiso criollo nació en los conventillos, en las ollas de hierro puestas sobre los braseros ubicados en el patio común. Como sea, mostrar que comían carne a menudo daba cierto aire de triunfo a quienes difícilmente lo hicieran en la Europa hambreada que los había desterrado.

 

 

 

 

 

 

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