el editor 11 julio, 2018

Nos admiramos ante las obras maestras de la literatura, la pintura, la escultura, y los avances tecnológicos y científicos del pasado (comenzando por la rueda). Pero cuando leemos que en el Neolítico la esperanza de vida era de 15 años, y sabemos que las pinturas de las cuevas de Altamira siguen allí, eternas, no admitimos que a nosotros nos sobraría tiempo para hacer miles de cosas, si nos enfocáramos en lo esencial para ser felices. Vivimos quejándonos de nuestra falta de tiempo, cuando lo que hacemos es perderlo en cuestiones que no son prioritarias, encerrados en un círculo vicioso de consumismo y relaciones virtuales. Pendientes de las redes sociales, la TV, y los chismes globales. En la Roma imperial, dueña de medio mundo conocido, la esperanza de vida era de 28 años. A principios del siglo XIX, 40. Y en el 1900, 50. En la actualidad, según las frías cifras estadísticas, 71. Suficientes para duplicar la producción de nuestros antepasados.

Oscar Wilde falleció a los 46 años, Rimbaud a los 37 (pero había abandonado la literatura a los 19), Emily Brontë a los 30 años, al igual que Percy Shelley y el poeta gallego Manuel Antonio. John Keats a los 26. Todos tuvieron tiempo suficiente para dejar por lo menos una gran obra. Por lo contrario, muchos recién lograron comenzar a escribir y/o publicar después de los 50 años. Es el caso de Daniel Defoe (59 años), Laura Ingalls Wilder (64), Charles Perrault (55), Raimond Chandler (51). En todo caso, se trataría de definir qué hacemos con nuestro tiempo, sin estar pendientes de la opinión ajena.

Si de algo estoy seguro es de que los bienes materiales no dejan huella, apenas son cadenas que marcan nuestra vida con la angustia de perderlos. El romano Marco Gavio Apicio, poseedor de una enorme fortuna en el siglo I de nuestra era, no hubiera pasado a la historia si su pasión por la gastronomía no hubiera ocupado parte de su tiempo. Su nombre está ligado a un conjunto de recetas que se conoce con el nombre de De re coquinaria, aun cuando algunos investigadores dudan que sea su autor, ya que no se encontró el original, y los documentos llegados hasta nuestros días, podrían datar del siglo V. La primera edición impresa se realizó en 1498 en Milan, a la que se sumaron luego numerosas ediciones en Europa. Seguramente, este excéntrico patricio, que se suicidó cuando entendió que su fortuna se esfumaba entre sus dedos, y no podría seguir ofreciendo banquetes fastuosos a sus amigos, logró la inmortalidad que tanto ansiaba por su amor a la buena mesa, y los manjares exquisitos, hechos confirmados por alguno de sus contemporáneos, incluyendo el estoico Séneca que lo odiaba por su propensión a los placeres terrenales. También es digno de mención, Arquéstrato, un antiguo poeta griego que escribió a mediados del siglo IV a. C. Su decisión de escribir el poema  Hedypatheia (“el buen comer”), en el que  aconseja al lector gastronómico dónde encontrar la mejor comida en el mundo mediterráneo. Antecedente de las guías  actuales, en su obra recomienda comidas y vinos, y los lugares donde él mismo los degustó. De tono satírico, el poema debió gozar de popularidad, ya que fue mencionado, entre otros filósofos, por Aristóteles, aunque con referencias despectivas por incitar a los lectores a la disipación y la gula.

Nos enseñaron en la escuela que el tiempo permite ordenar los sucesos en secuencias, estableciendo un pasado, un futuro y un tercer conjunto de eventos ni pasados ni futuros respecto a otro: el presente, simultaneo a uno mismo. Y desde el principio de la humanidad el hombre se las ingenió para medir ese tiempo: relojes de sol, de arena, de péndulo, cronómetros, nucleares, artilugios dotados cada vez de más precisión. Sin embargo, nadie nos previno sobre las consecuencias de desperdiciar el tiempo, o no usarlo adecuadamente. A menudo nos sorprendemos poniendo como excusa la falta  de tiempo para postergar hasta el infinito acciones que nos podrían proporcionar bienestar emocional. Tal vez convenga reflexionar un segundo, y determinar qué nos gustaría hacer sin temor a la angustiante sensación de que estamos perdiendo el tiempo. De esa decisión puede depender que alguien encuentre alguna huella, profunda o imperceptible, de nuestro paso por este mundo.

 

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