el editor 16 julio, 2018


De lo humano, si buscamos lo más efímero y superficial, señalaríamos los cuerpos. Es la mente, la capacidad de raciocinio y la imaginación, la sensibilidad y las dotes artísticas, lo que nos diferencia de los demás animales, poseedores, muchos de ellos, de cuerpos perfectos. Sin embargo en la actualidad, la imagen de un hombre o una mujer leyendo no es paradigma de belleza. Un alto porcentaje de las imágenes que marcan tendencia destacan que fulano o fulana presumen de sus pechos, sus glúteos, su rostro operado, o lisos abdómenes como si fueran valores morales, cualidades que los enaltecen respecto al resto de los mortales. Si alguien se anima a mostrarse al natural, será señalado como un ser despreciable, un desvergonzado que muestra sus kilos de más o la celulitis. Se ensalza el ocio y el éxito inmediato reservado solo a gente “linda”. Hay, sin duda, un menosprecio de la inteligencia y una dictadura de cuerpos perfectos. ¿Pero quién dictamina lo que es perfecto, en un tema que se basa en modas?
En 1490, Leonardo da Vinci realizó un dibujo que mostraría las proporciones ideales del cuerpo humano, acompañado de notas anatómicas. Realizado en pluma sobre papel, se lo conoce como “Hombre de Vitruvio”, en homenaje al arquitecto de la antigua Roma que escribió sobre las proporciones para el ejercicio de su arte. Ahora bien, el hombre perfecto dibujado por Leonardo no parece una persona real, ya que sin duda no existe el hombre perfecto. Sus proporciones y belleza pueden ser similares a las de un atleta, pero diferentes al cuerpo de un pescador, o un gladiador. Pudieron agradar en una época determinada, pero en otras no. La gordura en hombres y mujeres fue apreciada por miles de años, Rubens plasmó en sus lienzos mujeres más que voluptuosas como un ejemplo de belleza. Es un hecho que el canon de belleza cambia cada una o dos generaciones. Pero en esta post modernidad nuestros espejos no se parecen a las aguas cristalinas que encandilaron a Narciso: son las pantallas del cine, la televisión y los diversos dispositivos electrónicos en los que nos hundimos desde la más tierna edad. No reflejan la realidad de nuestros cuerpos ni de nuestra vida, sino ideales a consumir, fantasías que nos incitan a gastar el producto de nuestros esfuerzos en inútil intento de alcanzar espejismos.
En este contexto no puede sorprender que el modelo a idolatrar sea el deportista de elite, famoso y millonario, acompañado de la modelo de cuerpo considerado perfecto. El amor ya no se basa en conceptos basados en sentimientos, sino en algo tan inestable y frágil como la belleza física y el dinero. Pero solo puede obtenerse dolor y frustraciones, al embarcarse en una lucha, perdida de antemano, por mantener un cuerpo juvenil destinado al inevitable envejecimiento. Alguna vez Simone de Beauvoir expresó su preocupación con estas palabras: “las mujeres dejan de ser y comienzan a parecer”. No imaginaba que décadas más tarde, los hombres también caerían rendidos a estas exigencias de un cuerpo perfecto para no ser discriminados por el rebaño. Realmente llama la atención que la mayoría acepte la presión de tener que mostrar sus cuerpos de acuerdo al canon establecido por un “gran hermano”; canon que no han elegido, que los humilla y los hace sufrir, caer en banalidades y deshumanizarse poco a poco y sin remedio. Si nos aferramos a un hipotético retrato de Dorian Gray para mantener una imagen exterior, será lenta la agonía camino a la vejez, remanso ideal para sabios, hombres y mujeres libres de imposiciones sobre sus cuerpos, dueños de sus pensamientos.

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