el editor 21 octubre, 2018

No siempre son guerras, cataclismos, revoluciones, motivo de cambios drásticos en la humanidad; muchas veces, errores, coincidencias, casualidades, desavenencias, el sueño de una persona, o mapas incompletos pueden cambiar la historia. En 1942, Fernando Vela, cofundador en 1923, junto con su amigo José Ortega y Gasset, de la “Revista de Occidente”, de la que fue secretario de redacción hasta 1936, publica un breve ensayo con el inocente título de “El grano de pimienta”. En dicho trabajo, con el estilo llano y preciso del periodista, compartía una curiosa hipótesis: el grano de pimienta, esa bolita arruga y negra, había jugado un rol trascendental en la historia de la humanidad. Decía, este asturiano, que por el dichoso grano se habían enriquecido y arruinado ciudades, nacido emporios comerciales, y un nuevo continente fue descubierto. ¡Casi nada para un insignificante grano!

Leyendo a Fernando Vela, nos enteramos que en la búsqueda y posterior comercio de la pimienta y otras especias está la base no solo del imperialismo colonial, sino del capitalismo europeo a través de Venecia, Lisboa, Amberes y Amsterdam. La pimienta es fruto de un arbusto que se encontraba en estado salvaje en Indochina, y su nombre proviene del sánscrito “pippalí”. Los griegos la llamaron “peperi”, y de allí deriva la palabra actual (“pepper” en inglés, “pimienta” en castellano). Se comenzó a popularizar a partir de la expedición de Alejandro Magno hasta la India. El  griego Teofrasto, discípulo de Aristóteles, la menciona en su “Historia de las plantas”, e Hipócrates la prescribe frecuentemente en sus recetas. También está documentada su presencia en Roma por un inventario del comerciante que compraba espacias para Nerón. Los granos de pimienta, como la sal y otros alimentos en distintos sitios del planeta, también sirvieron como moneda cuando los bárbaros estuvieron en Roma,  en la mayoría de las transacciones comerciales de la época.

La pimienta tenía dos aplicaciones esenciales: en la medicina y en la gastronomía. En cuanto al uso terapéutico, unos versos de la Escuela de Salerno (La primera escuela médica medieval, situada en la ciudad de Salerno,  pionera en admitir a mujeres dentro de su alumnado) son explícitos: “…cuando la pimienta es negra es reacia a disolverse, purga los humores, ayuda a la digestión; la pimienta blanca es buena para los estados nerviosos, para los dolores de la tos, previene escalofríos, y la vista enturbiada”. Con tantas virtudes, no es de extrañar que los médicos, incluido el famoso Arnau de Vilanova, la recomendaran como verdadera panacea para combatir la fiebre y los dolores de muelas. La fórmula de Vilanova era fácil de preparar: “tres hojas de salvia, maceradas con tres granos de pimienta aplicado en las encías calman los más vivos dolores”. En fin, en más de una oportunidad, yo mismo calmé mis dolores de muelas masticando clavos de olor. Pero, con el paso de los años, la pimienta fue desdeñada por los médicos y se convirtió en el principal condimento en la gastronomía. En principio, por sus propiedades para evitar la fermentación y descomposición de los alimentos. La chacinería medieval la usó en la elaboración de mortadelas, salchichones y salsas para adobar las carnes de caza. “Caro como la pimienta”, pasó a ser un refrán muy común dando cuenta del valor que tuvo esta especia en aquella época. El Arcipreste de Hita se refirió a ella diciendo: “…pero más que la nuez moscada, conforta y más calienta el pequeño grano de la buena pimienta”. Muchos eran los motivos que los europeos tenía para intentar hallar un nuevo camino hacia las Islas de las Especias. El iluso Colón, soñador empedernido, tropezó con otro continente, sin saberlo, y al conocer el picor de los chiles supuso era una especie de pimienta, y los llamó “pimientos”. El polémico Bartolomé de las Casas, en la trascripción del diario de a bordo de Colón, el día 15 de enero de 1493, dice: “También hay mucho ají, que es su pimienta, della que vale más que pimienta, y toda la gente no come sin ella, que la halla muy sana; puédanse cargar cincuenta carabelas cada año en aquella Española”. Al conocerse más variedades quedó el nombre para los más dulces, y “guindilla”  para los más picantes. En campo neutral quedarán unos, pequeñitos, creados por los monjes de Herbón (Concello de Padrón), ya que unos pican y otros no. De los “pimientos” nació el “pimentón”, infaltable condimento de la cocina española, y muy popular en Hungría, donde lo llamaron “paprika”.

Como dato curioso, podemos añadir que, al tener la pimienta un precio tan alto (más que el oro en algún momento), debido al monopolio ejercido por Venecia antes del bloqueo de los musulmanes, y el hallazgo de nuevas rutas, en un manuscrito de 1393, “Le Ménagier de París” al tomillo, ajedrea, mejorana, orégano, y el ajo, usados por las clases bajas como condimento, se las llama “drogas aromáticas”. “Le Ménagier”, como se abrevia en Francia, contenía consejos para el ama de casa que recibiera invitados a comer, aporta datos sobre gastronomía de la época, jardinería, y hasta convivencia marital. En 1846, el barón  Jérôme Pichon lo edita por primera vez.

 

 

 

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